Quince años de (documentar la) Indignación

18 de mayo de 2006

 

Convocados por la aurora: en medio de la noche.
Hace quince años Yucatán no contaba con una ley contra la tortura ni con una Comisión pública de derechos humanos; las cárceles eran abismos de terror ajenos a cualquier inspección independiente, la impunidad estaba garantizada para cualquier autoridad implicada en violaciones a los derechos humanos, las elecciones eran organizadas por el gobierno, no había una ley que obligara al gobierno a entregar información pública.
Hace quince años la miseria era propiciada por un Estado que desconocí­a su responsabilidad para garantizar derechos elementales.
Hace quince años la represión era la respuesta a las exigencias sociales o ciudadanas y al ejercicio mismo de los derechos. Tetiz y Hunucmá, en el Ámbito laboral; Valladolid, en el Ámbito electoral y, un poco más tarde, la represión contra ejidatarios en junio de 1992, mostraron que la violencia del Estado se ensañarí­a contra quien se atreviese a reclamar sus derechos.
Hace quince años el Presidente de la República designaba o removí­a al gobernador del estado a su arbitrio.
Hace quince años la inequidad de género se profundizaba sin que el Estado lograra asumir su responsabilidad en el diseño de políticas para garantizar a las mujeres el acceso a todos nuestros derechos, no estaba tipificada la violencia de género y las leyes no contemplaban la violación dentro del matrimonio.
Hace quince años las oficinas gubernamentales nos conducí­an al área de recursos humanos cuando reclamábamos “derechos humanos”.
Hace quince años el estado no asumía prácticamente ninguna responsabilidad frente a las personas que adquirían VIH/Sida.
Hace quince años la Indignación nos convocó. Nos propusimos documentarla y denunciar las violaciones a los derechos humanos y a los responsables. Nos propusimos dar a conocer los derechos, promover su reconocimiento y compartir con otras personas y organizaciones el desafí­o de ejercerlos.

Como flor que nace de la muerte
Quince años de documentar y denunciar violaciones a los derechos humanos nos ha permitido ser testigos privilegiadas de procesos y cambios generados desde la organización, la determinación y la esperanza que mantienen mujeres y hombres que han desafiado inercias y autoritarismos.
El resquebrajamiento del partido de Estado, la multiplicación de grupos de la sociedad civil, los cambios culturales producto de la revolución de género, la lucha del pueblo maya por el reconocimiento de sus derechos, la construcción lenta de ciudadanía frente al poder público, el trabajo de impulsar y consolidar instituciones ciudadanizadas, la creación de mecanismos para obligar a la rendición de cuentas, algunas leyes “como la ley contra la tortura y la de la Codhey” prácticamente arrancadas a los Congresos, son algunos de los logros de los que somos testigos.
Pero estos logros, para convertirse en posibilidad de goce pleno de los derechos humanos para todas y todos, requieren enmarcarse en otro Estado, en otro país, uno que se constituya y se asuma pluricultural y democrático.

Hace quince años no contábamos con una ley contra la discriminación y, en Yucatán, quince años después, continuamos con esta ausencia.
Hace quince años el pueblo maya no estaba reconocido en la constitución ni estaba reconocido su derecho a la autonomía y hoy, quince años después, continuamos en un país que se niega a respetar los Acuerdos de San Andrés y en una entidad que se niega a escuchar al pueblo maya.
Hace quince años la mayor parte de las personas que habitan México y Yucatán viví­an en condiciones de pobreza o de pobreza extrema, es decir, con la violación cotidiana y permanente de sus derechos más elementales. Hoy, quince años después, continúa esta violencia sistemática y continuamos en un país en el que los derechos humanos, su garantía y ejercicio, parece un privilegio reservado sólo a quienes pueden pagar; un país incapaz de reconocer y proteger los derechos económicos, sociales y culturales.
Hace quince años creíamos tener la peor ley de radio y televisión en América Latina y hoy, quince años después, el Congreso de la Unión ha decidido sujetar un derecho elemental, el derecho a la comunicación, al mejor postor.

La Indignación persistente
Hace quince años, también nos propusimos desaparecer, ser innecesarias… llegaría el momento, soñábamos, en el que contarí­amos con instituciones ciudadanas confiables que nos garantizaran el pleno respeto a nuestros derechos humanos.
Ese momento no ha llegado todavía. Más aún, hoy más que antes, el Estado parece sucumbir ante la fuerza del dinero y de la impunidad, y claudica de su deber de garantizar plenamente los derechos a todas y todos.
Hoy, quince años después, el Estado mantiene en la cárcel a don Ricardo Ucán, después de haberle violado sus derechos a un juicio justo, a la cultura y de cometer contra Él discriminación.
Hoy, quince años después, el Estado vestido de ejército irrumpe en casa de doña Nicolasa, en Xaya, bajo amenazas la traslada a Mérida, la mantiene una noche en la cárcel y se garantiza a sí­ mismo impunidad.
Hoy, quince años después, la responsable de infligir tratos crueles, inhumanos y degradantes a niñas y niños internos en la Escuela Social de Menores Infractores continúa impune.
Hoy, quince años después y a catorce años de la reforma al artículo 27 de la constitución federal, el pueblo maya es despojado sus tierras, con las cuales lucran los especuladores, y ese despojo es propiciado o facilitado por el propio gobierno.

Encuentros luminosos
En el camino de estos quince años, Indignación ha aprendido mucho. Hemos documentado nuestra desconfianza ante el discurso de los poderosos, nos hemos convertido en un equipo pluricultural, hemos sido inmerecidas depositarias de la confianza de muchos ciudadanos y ciudadanas.
En quince años de documentar violaciones a los derechos humanos, el mayor logro ha sido, sin duda, encontrar compañeras y compañeros dispuestos a romper el silencio que el autoritarismo y la impunidad quieren imponer y que se atreven a denunciar violaciones a los derechos humanos propias y de otros compañeros y compañeras, es decir, dispuestos y dispuestas a construir ese país que tanto urge.
Personas de otras organizaciones, animadoras y animadores de comunidades eclesiales, religiosos y religiosas, compañeros solidarios y solidarias, promotores y promotoras en distintos pueblos, personas con VIH/Sida, mujeres, homosexuales, compañeras y compañeros mayas, agricultores, obreras y obreros, productoras y productores, cooperativistas, educadores y educadoras, comunicadoras y comunicadores populares… a todas las personas con quienes hemos coincidido en breves o largos momentos en estos quince años, en cursos o en marchas, en talleres o en denuncias, en manifestaciones o en reuniones, a todas y todos ustedes les hacemos el más profundo reconocimiento.
Para el Equipo Indignación encontrarnos ha sido ya comenzar a hacer posible el otro mundo por el que trabajamos.
Hoy nuestra celebración es el homenaje que hacemos a quienes cada día luchan, defienden y construyen un mundo en el que los derechos de todas las personas se ejerzan plenamente.

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