En fraterna correspondencia. Una palabra sobre la iglesia y la denuncia de las injusticias

9 de septiembre de 2004

 

Quienes trabajamos en el equipo de promoción y defensa de los derechos humanos Indignación A.C., nos integramos a esta lucha desde hace más de doce años, movidas por nuestras raíces cristianas y por el testimonio de agentes de pastoral, catequistas, obispos y cientos de bautizados y bautizadas que en América Latina y en el mundo respondieron así a una dolorosa realidad atravesada por la injusticia.
En días recientes se hizo pública una comunicación del Arzobispado de Yucatán, firmada por el Canciller Secretario, Pbro. Lic. Pedro José Echeverría López, cuyo asunto reza: “Se hace algunas observaciones sobre la actuación de la Jerarquía Eclesiástica ante las injusticias”.
Somos una organización civil, no dependiente de ningún partido o iglesia, pero compartimos, con otros muchos cristianos y cristianas, la preocupación por la justicia y nos hemos sentido interpeladas por esta comunicación pública del Arzobispado.
En fraterna correspondencia con tantas hermanas y hermanos nuestros, cuyos esfuerzos por anunciar el Evangelio y denunciar las injusticias conocemos y valoramos, tanto más cuanto sabemos los riesgos que han corrido por defender derechos propios y ajenos en sus centros de trabajo, en el ejido, en sus municipios y en diversos ambientes públicos y privados, queremos compartir algunas reflexiones y ofrecer una palabra que aliente la esperanza:

  1. La denuncia de las injusticias forma parte esencial del testimonio que los cristianos y cristianas tenemos la obligación de ofrecerle al mundo. El evangelio es una oferta de vida que lleva necesariamente a la construcción de un mundo en el que el derecho de cada persona se vea salvaguardado y respetado. Nada debe impedirnos a los cristianos y cristianas cumplir con esta misión.
    2. La prudencia, virtud que nos ayuda a discernir el bien para hacerlo, y el mal para evitarlo, nos capacita también para distinguir el momento adecuado para actuar sobre una realidad y transformarla a la medida de Cristo. Nunca debe convertirse esta virtud en pretexto para la inacción o el silencio culpable.
    3. Siguiendo el mandato del evangelio (Mt 25,32ss), los cristianos y cristianas hemos de reconocer en los pobres un signo privilegiado de la presencia de Dios entre nosotros. La comunidad cristiana reconoce en los pobres y en los que sufren, la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo (L.G. 8). La opción por los pobres, como ha sido reconocido en numerosos textos magisteriales de la iglesia católica, forma parte de la identidad esencial de la iglesia. Esta opción debe liberarnos de las ataduras que imponen los grandes grupos de control económico y político.
    4. Los bautizados y bautizadas no podemos pretender imparcialidad cuando lo que está en juego es la dignidad de las personas. Ningún poder, político o económico, debe desviarnos de la búsqueda de la justicia y la equidad para todos y todas. Cuando encontramos niveles de corrupción en las instituciones públicas es un deber de conciencia denunciarlos y trabajar, desde todos los frentes, por construir juntos, para beneficio de todos los ciudadanos y ciudadanas, instituciones dignas de crédito y eficaces en la consecución de la justicia. No hacerlo es permitir que la corrupción siga generando mecanismos que producen muerte, especialmente para los más pobres.
    5. Hay algunos casos judiciales que, por públicos y conocidos, se convierten en radiografías de la manera como el poder, sea político o económico, se confabula para obstruir la consecución de la justicia. El caso Medina Abraham es uno de ellos. Lo es también el caso de don Ricardo Ucán Ceca, que tiene el agravante mayor de mostrar el grado de indefensión al que puede estar sometida una persona perteneciente al pueblo maya en su relación con los órganos de procuración e impartición de justicia. Pero hay también muchas otras violaciones cotidianas a los derechos de las personas que, aunque no son recogidas en los medios de comunicación, son igualmente dolorosas, se trate de derechos individuales o de derechos colectivos. Ante todos estos casos, la posición de los que intentamos obedecer al evangelio ha de ser inflexible: no habrá construcción de una sociedad justa y democrática sin el absoluto respeto a todos los derechos de todas las personas.

Durante mucho tiempo, con aciertos y errores, hemos trabajado en el campo de los derechos humanos. Hemos fundamentado bí­blicamente nuestro trabajo y hemos publicitado la voz del Magisterio católico que se ha pronunciado reiteradamente por la defensa de los derechos humanos. Hoy, como iglesia, tenemos el reto de hacer que el discurso que manejamos sobre este tema, se vea reflejado también al interior de nuestra propia comunidad. En la iglesia estamos llamados, no solamente a predicar la importancia de los derechos humanos para los demás, sino a vivirlos puertas adentro ejerciendo el derecho a la libertad de conciencia y de palabra.
Estas reflexiones tienen la intención de animar a otros hermanos y hermanas que de variadas maneras se han comprometido en la defensa del derecho de alguna otra persona y que pueden sentirse desalentados en estos momentos.
Confiamos en que, con la fuerza del Espíritu y de la comunidad cristiana, podremos convertir este momento en hora de gracia y en ocasión para vivir con mayor libertad el Evangelio.

Fraternalmente,
INDIGNACIÓN A.C.

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